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jueves, 19 de febrero de 2009

¿Que hace especial a la leche materna?

Información Especial
Información perteneciente a la revista NUEVO COMIENZO, Vol. 18 Numero 3 Año 2006
¿Qué hace especial a la leche materna?
(Why breast milk is so special?)
La razón más común por la cual las madres deciden amamantar, es porque saben que la leche materna es el mejor alimento para sus bebés. La leche materna contiene células vivas, como las de la sangre. Algunos de sus componentes realzan los efectos de otros de manera que sus ingredientes trabajan juntos. Por el contrario, sólo un pequeño porcentaje de los ingredientes presentes en las leches de fórmula se absorbe y la mezcla de estos ingredientes no garantiza que actúen unidos como ocurre en la leche humana.

La leche materna está diseñada para los bebés
La leche humana es específica para la especie. La leche de cada mamífero se ha adaptado para darle a las crías lo que necesitan para garantizar su supervivencia y permitir su óptimo desarrollo. La leche de algunas especies es relativamente alta en grasa para favorecer la formación de una gruesa capa de grasa corporal, mientras que la de otras tiene un contenido alto de proteína que se utiliza para un rápido crecimiento y maduración. Aquellas especies que necesitan fuentes disponibles de azúcar para satisfacer las necesidades de sus cerebros en rápido crecimiento, tienen leches con contenidos altos de carbohidratos. Los humanos son los mamíferos con el crecimiento y desarrollo más lento, pero con el cerebro más avanzado, así que tiene sentido que la leche humana tenga un contenido bajo de proteína y alto de carbohidratos.
La leche materna contiene niveles de vitaminas y minerales apropiados para el bebé sano, nacido a término. Es siempre cambiante: del comienzo de una lactada a su final, de toma a toma, y de día a día. Algunos de los cambios en la leche materna son estimulados por señales dadas por el bebé. Cuando la madre sigue las señales de su bebé, puede estar segura de que él se beneficiará de todos estos cambios. Por ejemplo, si la leche que recibe en una toma particular es baja en grasa (la grasa es el componente más variable de la leche materna), el bebé sentirá hambre más temprano. Si sus señales son respondidas y recibe su próxima toma muy cerca de la anterior, la leche más alta en grasa que recibirá (el contenido de grasa aumenta cuando el seno está menos lleno) asegurará que la ingesta total sea la adecuada.

Composición de la leche en varios mamíferos
Especie %proteína % grasa % carbohidratos
Humanos 1.1 4.5 6.8
Vacas 3.6 3.5 4.7
Cabras 3.1 3.5 4.6
Ratas 11.3 14.8 2.9
Focas 11.2 53.2 2.6
Cerdos 5.8 8.2 4.8
Elefantes 4.9 15.0 3.4
Micos 1.7 1.2 6.9
Fuente: Composición de la leche, Walter L. Hurley, Universidad de Illinois, Urbana-Champaign. http://clases.aces.uiuc.edu/AnSci308/Milkcompsynth/milkcomp_table.html

La leche materna tiene propiedades anti-infecciosas
Las madres que amamantan notan que sus bebés se enferman con menor frecuencia que aquellos que no son amamantados. La leche humana provee diferentes tipos de defensa contra las enfermedades, incluyendo anticuerpos contra patógenos específicos. Contiene así mismo lactoferrina que, aparte de ser la fuente de hierro para los bebés amamantados, parece poseer propiedades antibacteriales y antivirales. Otros componentes de la leche materna protegen a los bebés a nivel molecular, ya que su forma impide el acceso de ciertos patógenos.
Debido a las cualidades protectoras de la leche materna, los bebés que no son amamantados tienen más visitas a las salas de emergencia, hospitalizaciones y tratamientos con antibióticos. Su efecto protector se extiende más allá del destete. La leche humana ofrece protección inmunológica contra muchas enfermedades crónicas. De acuerdo con Resultados de la lactancia versus alimentación con fórmula recopilados por Gina Wall (MN, IBCLC) y Jon Ahrendsen (MD, FAAFP), la alimentación con leche humana está asociada con menor riesgo de las siguientes enfermedades: diabetes, esclerosis múltiple, síndrome de muerte súbita, cáncer infantil, enfermedad tiroidea autoinmune, apendicitis, osteoporosis, enfermedad cardiovascular, enfermedad helicobacterial del píloro (asociada con úlceras gástricas),enfermedad de Crohn, colitis, artritis reumatoidea juvenil, obesidad, tonsilitis, alergias, enfermedad atópica y asma . Aunque las teorías abundan, el mecanismo de estos beneficios inmunológicos a largo plazo aún no es claro.
La leche humana contiene componentes bioactivos que mejoran el crecimiento y desarrollo de los bebés humanos.
Una hormona gastrointestinal, la colecitosquinina (CCK) brinda la sensación de saciedad y bienestar. Durante la succión, la CCK liberada tanto en la madre como en el bebé, produce somnolencia. En el bebé la CCK se eleva en dos oportunidades. La primera elevación ocurre inmediatamente termina la toma y es probablemente inducida por la succión; la segunda ocurre 30 a 60 minutos más tarde debido a la presencia de leche en el tracto intestinal del bebé. La caída de los niveles de CCK 10 minutos después de terminada la toma puede ser una oportunidad para despertar al bebé y ofrecerle el otro seno o permitirle reiniciar la succión y recibir así la leche rica en grasa. Esperar 30 minutos después de la toma antes de acostar al bebé y así aprovechar el segundo pico de CCK, puede ayudar al bebé mantenerse dormido.

La leche humana contiene ácidos grasos esenciales
Los ácidos grasos esenciales presentes en la leche materna optimizan la función cognitiva y la visión del bebé. Algunos estudios han demostrado que bebés prematuros a los que se administró leche materna a través de sonda eran, a los 18 meses y a los 6 ó 7 años, más avanzados en su desarrollo que aquellos con edad gestacional y peso al nacer comparables, a los cuales se alimentó con fórmula.
Estas observaciones hacen pensar que la leche materna tiene un impacto significativo en el desarrollo del sistema nervioso central. Los bebés amamantados poseen, así mismo, mayor agudeza visual. Estos beneficios pueden ser atribuidos a la presencia en la leche materna de largas cadenas de ácidos grasos poliinsaturados.
Aunque algunas leches de fórmula han añadido recientemente estos elementos, se desconoce si tendrán efectos similares a largo plazo.
Las hormonas, células vivas antibacteriales y antivirales y los ácidos grasos esenciales, son sólo algunas de las razones por las cuales la leche materna es ampliamente superior. Es realmente una sustancia única que no puede ser copiada artificialmente.
Problema de salud Duración mínima Duración de la protección Fuente de la lactancia Diarrea 13 semanas 7 años Howie 1990 Otitis media 4 meses 3 años Duncan et al. 1993 Infecciones respiratorias 15 semanas 7 años Wilson et al. 1998 Bronquitis sibilante 6-7 años Burr et al.1993; Porro et al. 1994 Influenza hemofilus tipo b 10 años Silfverdal et al. 1997 Enfermedad de Hoggkings 6 meses Sin especificar Davis, 1998 Fuente: Riordan 2005
Sally Myer Nebraska, Estados Unidos
Traducido por Bárbara de Zuleta de New Beginnings, abril de 2006, publicación de La Leche League, Illinois, Estados Unidos. El artículo había sido publicado originalmente en la Carta de Líderes del Área de Nebraska, Estados Unidos.
Bibliografía
Lawrence, R y Lawrence, R. Breastfeeding; A Guide for Medical Professional. St. Louis: Mosby. 2005.
Riordan, J. Breastfeeding and Human Lactation. Sudbury: Jones and Bartlett 2005.

Mitos y verdades

Mitos falsos sobre la lactancia
(Breastfeeding False Myths)
Por Lisa Marasco
Información perteneciente a la revista NUEVO COMIENZO, Vol. 17 Numero 4 Año 2005
A lo largo y ancho del mundo existen ideas, concepciones o certezas acerca del manejo de la lactancia. Unas apoyan a las madres, las dignifican en su quehacer, otras entorpecen el desarrollo de la lactancia o lo truncan tempranamente y al final afectan la salud y sano desarrollo de los bebés, a la vez que llenan de incertidumbre a sus madres. Escogimos algunos mitos que comentamos para tranquilidad de las familias.
Mito 1: Amamantar frecuentemente al niño reduce la producción de leche, produce un reflejo de eyección débil y el fracaso de la lactancia
Realidad: La cantidad de leche que una madre produce llega a su punto óptimo cuando se le permite al niño sano amamantar tantas veces como lo necesite. El reflejo de eyección de la leche opera más fuertemente en presencia de un buen suministro de leche, que normalmente ocurre cuando se alimenta al niño a demanda, es decir, sin imponer horarios.
Mito 2: Una madre necesita amamantar únicamente de cuatro a seis veces cada 24 horas para mantener una buena cantidad de leche.
Realidad: Los estudios científicos demuestran que cuando una madre amamanta frecuentemente desde que nace el niño, con un promedio de 9,9 veces cada 24 horas durante los primeros 15 días, su producción de leche es mayor, el niño aumenta mejor de peso y la madre amamantará durante un período de tiempo más largo. La producción de la leche ha demostrado estar relacionada con la frecuencia de las tomas. La cantidad de leche empieza a disminuir cuando las tomas son poco frecuentes o restringidas. No hay que olvidar que muchos bebés recién nacidos comen cada hora y media o cada dos horas, lo cual es normal y frecuente.
Mito 3: Los niños obtienen toda la leche que necesitan durante los primeros cinco a diez minutos de mamar.
Realidad: Aunque muchos bebés mayorcitos pueden tomar la mayor parte de su leche en los primeros cinco a diez minutos, esto no es generalizable a todos los niños. Los recién nacidos, que apenas están aprendiendo a mamar, no siempre son tan eficientes al pecho y a menudo requieren mucho más tiempo para comer. Poder mamar también depende del reflejo de bajada de la leche materna . Aunque a muchas madres les baja la leche casi inmediatamente, a otras no les sucede igual. En algunas mujeres, la bajada de la leche es escalonada, tiene lugar varias veces durante una sola toma. En vez de adivinar, es mejor permitir que el niño mame hasta que muestre señales de satisfacción, tales como soltarse él solo o tener los brazos y las manos relajados.
Mito 4: Las madres lactantes deben espaciar las tomas para que puedan llenársele los pechos.
Realidad: Cada pareja madre/hijo es única y diferente. El cuerpo de una madre lactante siempre está produciendo leche. Sus senos funcionan en parte como "depósitos de reserva", algunos con mayor capacidad que otros. Cuanto más vacío esté el pecho, más rápido trabajará el cuerpo para reabastecerlo. Cuanto más lleno esté el pecho, más lenta será la producción de leche. Si una madre espera sistemáticamente a que se le "llenen" los pechos antes de amamantar, su cuerpo puede recibir el mensaje de que está produciendo demasiada leche y, por tanto, reducir la producción.
Mito 5: A las ocho semanas de edad el niño sólo necesita entre seis y ocho tomas de leche materna; a los tres meses sólo requiere de cinco a seis tomas; y a los seis meses, no más de cuatro o cinco tomas al día.
Realidad: La frecuencia de las tomas del niño alimentado al pecho varía de acuerdo con varios factores: la producción de leche de la madre y su capacidad de almacenamiento (las madres con más pecho en general tienen mayor capacidad de almacenamiento), así como con las necesidades de crecimiento del niño. Los días en que se producen picos de crecimiento (días de mayor frecuencia) o el pequeño está enfermo, pueden cambiar temporalmente los patrones alimenticios del bebé. Es importante tener en cuenta que el consumo calórico del niño aumenta al final de la toma, así que imponer límites arbitrarios sobre la frecuencia o duración de las tomas puede desembocar en un consumo demasiado bajo de calorías por parte del niño.
Mito 6: Es la cantidad de leche que el niño consume, no si es leche materna o de fórmula, lo que determina cuánto tiempo aguanta un niño entre dos tomas.
Realidad: Los niños amamantados vacían el estómago más rápidamente que los niños alimentados con biberón: aproximadamente en 1,5 horas en vez de hasta 4 horas. Esto se debe al tamaño mucho menor de las moléculas de las proteínas que forman parte de la leche materna y las cuales se digieren con mayor rapidez. Aunque la cantidad de leche que se consume es uno de los factores que determinan la frecuencia de las tomas, el tipo de leche es de igual importancia. Los estudios antropológicos de las leches producidas por los diversos tipos de mamíferos confirman que los bebés humanos están diseñados para recibir alimento con frecuencia y que así lo han hecho a través de la historia.
Mito 7: Nunca despiertes al niño que duerme.
Realidad: Aunque es verdad que la mayoría de los niños indican cuándo tienen hambre, es posible que los recién nacidos no se despierten tan a menudo como lo necesitan, por lo que hay que despertarlos para que coman por lo menos ocho veces cada 24 horas. Quizá no se despiertan a causa de los medicamentos que recibió la madre durante el parto, por ictericia, trauma, chupete de entretención, medicamentos maternos o comportamiento introvertido por parte de los niños a los que se les hace esperar cuando dan señales de hambre. Además, las madres que quieran aprovechar la infertilidad natural que produce la amenorrea durante la lactancia comprobarán que el regreso de la menstruación se demora más cuando el niño sigue mamando de noche.
Mito 8: El metabolismo del niño se encuentra desorganizado al nacer y requiere que se le imponga una rutina u horario para ayudar a resolver esta desorganización.
Realidad: Los niños nacen programados para comer, dormir y tener períodos de vigilia. No es un comportamiento desorganizado, sino un reflejo de las necesidades únicas de cada recién nacido. Con el transcurso del tiempo los bebés se adaptan gradualmente al ritmo de vida de su nuevo ambiente sin precisar entrenamiento ni ayuda.
Mito 9: Las madres lactantes deben ofrecer a su bebé siempre ambos pechos en cada toma.
Realidad: Es mucho más importante dejar que el niño termine de tomar del primer lado antes de ofrecer el segundo, aunque esto signifique que rechace el segundo lado durante esa toma. La última leche (que contiene más calorías) se obtiene gradualmente conforme se va
vaciando el pecho. Sucede a algunos niños, si se les cambia de lado de forma prematura, que se llenarán de la leche primera, más baja en calorías, en vez de obtener el equilibrio natural entre la leche primera y segunda. Como resultado, el niño no se satisfará y perderá peso, y probablemente tendrá cólicos. Durante las primeras semanas, muchas madres ofrecen ambos pechos en cada toma para ayudar a establecer el suministro de leche.
Mito 10: Si un niño no aumenta bien de peso, es porque la leche de su madre es de baja calidad.
Realidad: Los estudios demuestran que aún las mujeres desnutridas son capaces de producir leche de suficiente calidad y cantidad para suplir las necesidades de crecimiento del niño. En la mayoría de los casos, el escaso peso se debe al consumo insuficiente de leche materna derivado de horarios estrictos, de una inadecuada succión o un problema orgánico del niño.
Mito 11: Cuando una mujer tiene escasez de leche, generalmente se debe al estrés, la fatiga o el bajo consumo alimenticio y de líquidos. Realidad: Las causas más comunes de leche escasa son: tomas poco frecuentes y/o problemas con el afianzamiento y postura del bebé al mamar. Ambos problemas se deben en general a información incorrecta que recibe la madre lactante. Los problemas de succión del niño también pueden afectar de forma negativa la cantidad de leche que produce la madre. El estrés, la fatiga o la mala nutrición rara vez son causas de baja producción de leche, ya que el cuerpo humano ha desarrollado mecanismos de supervivencia para proteger al lactante en tiempos de hambruna.
Mito 12: Una madre debe tomar leche para producir leche.
Realidad: Una dieta saludable y balanceada que contenga verduras, frutas, cereales y proteínas es todo lo que una madre necesita para nutrirse adecuadamente y producir leche. El calcio se puede obtener de una gran variedad de fuentes no relacionadas con los lácteos, como las verduras verdes, semillas, frutos secos y pescados como la sardina y el salmón con espina. Ningún otro mamífero toma leche para producir leche.
Mito 13: Chupar sin el propósito de alimentarse (succión no nutritiva) no tiene objeto.
Realidad: Las madres con experiencia en lactancia aprenden que los patrones de succión y las necesidades de cada niño varían. Aunque las necesidades de succión de algunos niños se satisfacen primordialmente cuando comen, otros niños requieren más succión al pecho, aun cuando hayan acabado de comer hace unos minutos. Muchos niños también maman cuando tienen miedo, cuando se sienten solos o cuando algo les duele.
Mito 14: Las madres no deben prestarse a ser el "chupo de entretención" de su hijo.
Realidad: Consolar y suplir las necesidades de succión al pecho es el diseño de la naturaleza para madres e hijos. Los chupones (chupetes, chupos, bobos, pepes) son un sustituto de la madre cuando ella no está. Otras razones de ofrecer el pecho para apaciguar al niño incluyen un mejor desarrollo oral y facial, la prolongación de la amenorrea, evitar la confusión de succión y estimular una producción adecuada de leche que asegure un índice más elevado de éxito de la lactancia. Y sobre todo, un niño tranquilo que encuentra consuelo en su madre, lo cual fortalece su desarrollo emocional.
Mito 15: La confusión tetina-pezón no existe.
Realidad: La alimentación al pecho y la alimentación por biberón requieren diferentes técnicas orales y motrices. Los chupos o tetinas artificiales proveen una especie de "sobreestimulación" en la que los niños pueden fijarse y preferir al pezón, más suave. Como resultado, algunos bebés desarrollan la confusión de succión y usan técnicas no adecuadas para mamar al pecho cuando se les ha ofrecido biberón y pecho. Esto hace que no sean eficientes obteniendo leche y en ocasiones agrietan a su madre.
Mito 16: La lactancia frecuente puede dar lugar a la depresión postparto.
Realidad: Se cree que la causa de la depresión post parto es debida a las hormonas fluctuantes que se presentan después del nacimiento del niño y que puede agudizarse por la fatiga y por la falta de apoyo social. Sin embargo, se da en mujeres que han presentado problemas anteriores al embarazo. Por otra parte, se sabe que las mujeres que amamantan con frecuencia presentan con menos frecuencia depresión post parto.
Mito 17: Alimentar al niño a demanda no facilita el vínculo maternal.
Realidad: Responder de forma sensible y rápida a las señales del niño une a la madre con su hijo de tal forma que se sincronizan, lo cual crea un vínculo mayor. Adicionalmente, un bebé que no llora porque es atendido con prontitud, no genera situaciones de estrés familiar debido a su llanto.
Mito 18: Las madres que miman a sus hijos demasiado y los llevan demasiado en brazos los malcrían.
Realidad: Los niños a quienes se lleva en brazos a menudo lloran menos horas al día y muestran mayores rasgos de seguridad al crecer. Los bebés necesitan la seguridad de los brazos de su madre más de lo que imaginamos.
Mito 19: Es importante que los demás miembros de la familia alimenten al niño para que también ellos desarrollen un vínculo.
Realidad: Alimentar al niño no es la única forma con la que los demás miembros de la familia pueden acercarse al niño. Cargar, acariciar, bañar y jugar con el bebé son muy importantes para su crecimiento y desarrollo, así como para su vínculo con los demás.
Mito 20: El hecho de que sea el niño quien dirija su alimentación (con la lactancia a demanda) tiene un efecto negativo sobre la relación de la pareja.
Realidad: Los padres maduros se dan cuenta de que las necesidades del recién nacido son muy intensas, pero también, que disminuyen con el tiempo. De hecho, el trabajo en equipo que se realiza al cuidar de un recién nacido puede unir a la pareja conforme ambos aprenden a ser padres juntos.
Mito 21: Algunos niños son alérgicos a la leche materna.
Realidad: La leche materna es la sustancia más natural y fisiológica que el niño puede ingerir. Si el bebé muestra señas de sensibilidad relacionadas con la alimentación, en general se deben a alguna proteína ajena que ha logrado entrar a la leche materna, y no a la leche materna en sí. Esto se remedia fácilmente eliminando el alimento ofensivo de la dieta materna durante un tiempo.
Mito 22: La lactancia demasiado frecuente causa obesidad en el niño cuando él crece.
Realidad: Los estudios científicos demuestran que los niños amamantados autocontrolan sus patrones alimenticios y la cantidad que ingieren, que tienden a consumir la cantidad de leche adecuada para su propio cuerpo. Es la alimentación con biberón y la introducción precoz de alimentos complementarios la causa de que se vean afectados de obesidad al crecer, no la lactancia natural.
Mito 23: Dar el pecho mientras el niño está recostado causa infecciones de oído.
Realidad: Dado que la leche materna es un fluido vivo y lleno de anticuerpos e inmunoglobulinas, el bebé lactante tiene menor probabilidad de desarrollar infecciones de oído, independientemente de la postura que utilice. De hecho, cuando la madre amamanta sentada, el bebé está horizontal en sus brazos. Además, la disposición de los músculos al momento de succionar cierra la comunicación con el oído.
Mito 24: La lactancia prolongada más allá de los 12 meses del niño carece de valor, ya que la calidad de la leche materna empieza a deteriorarse a partir de los seis meses de vida.
Realidad: La composición de la leche materna cambia de acuerdo con las necesidades del niño conforme éste madura. Aun cuando el niño ya es capaz de recibir otro tipo de alimentos, la leche materna es su fuente primordial de nutrición durante los primeros 12 meses. Se convierte en complemento de los alimentos al segundo año de vida. Además, el sistema inmunológico del niño tarda entre dos y seis años en madurar. La leche materna continúa complementando y ayudando al sistema inmune mientras el niño la siga tomando. Investigaciones recientes nos muestran que la leche materna es más rica en grasa y energía después de un año de lactancia: contiene casi 12% más de calorías que la leche de una madre de un bebé recién nacido. Igual sucede con los factores protectores.
Publicado en Leaven, La Leche League International.
Traducción por Norma Escobar y Yanet Olivares. Adaptación para su publicación en Nuevo Comienzo por María Cristina Sáenz en Colombia.

Beneficios de la lactancia

Los beneficios de la lactancia para las madres, uno de los secretos mejor guardados
(Breastfeeding advantages for mothers, the big secret)

Información perteneciente a la revista NUEVO COMIENZO, Vol. 14 Numero 1 Año 2002
Por Alicia Dermer, MD, IBCLC.
Realmente pocas personas desconocen los beneficios de la lactancia para los bebés, pero los innumerables beneficios para las madres son a menudo ignorados y hasta desconocidos. Desde el efecto de la oxitocina en el útero hasta la ganancia en calidez emocional, la lactancia da a la madre muchas razones para sentirse a gusto con su decisión. Los efectos, bien documentados están esbozados en este resumen de Breastfeeding Annual International 2001, antología recientemente publicada, y la cual fue editada por Dia Michels, coautor del clásico que defiende la lactancia, Milk, Money and Madness.
Uno de los secretos mejor guardados acerca de la lactancia es que es tan sana para las mamás como para los bebés. No solo permite que la lactancia sea una continuación del proceso que se inició con la concepción y el embarazo, sino que proporciona enormes beneficios para la salud, a corto y a largo plazo. Estos aspectos son pocas veces enfatizados en la consulta prenatal y hasta ignorados en la literatura popular sobre crianza. Miremos los beneficios que la lactancia proporciona a las madres y especulemos por qué tan pocos ven las ventajas.

Efectos fisiológicos de la lactancia
Inmediatamente después del parto, la succión repetida del bebé libera la oxitocina de la glándula pituitaria de la madre. Esta hormona no solo da la señal al seno para que permita que la leche fluya hacia el bebé (lo cual es conocido como “reflejo de eyección” o bajada), sino que simultáneamente produce contracciones en el útero. Estas contracciones previenen la hemorragia post-parto y ayudan a la involución del útero (el regreso a su estado de no embarazo).
En la medida en que la madre amamante exclusivamente sin complementos de fórmula o de alimentos adicionales, o de chupos de entretención, se demora el regreso de sus períodos menstruales (Lawrence and Lawrence 1999). A diferencia de las madres que alimentan con biberón, cuyo período regresa hacia las 6-8 semanas después del parto, las madres que lactan a sus bebés, pueden permanecer amenorreicas por muchos meses. Esta condición tiene el gran beneficio de conservar el hierro en el organismo de la madre y a menudo permite espaciar naturalmente los embarazos.
La cantidad de hierro que el cuerpo de la madre usa en la producción de leche en mucho menor que el que pierde con el sangrado menstrual. El efecto final es un menor riesgo de anemia debido a insuficiencia de hierro en la madre que lacta, en comparación con aquella que alimenta a su bebé con leches artificiales. Entre más tiempo amamante la madre, es más fuerte este efecto (Institute of Medicine, 1991).
Al igual, en lo que se refiere a fertilidad, el método de amenorrea lactacional (MAL) es un método anticonceptivo bien documentado, que brinda un 98-99% de protección contra un nuevo embarazo durante los primeros seis meses de vida del bebé. El período de tiempo entre embarazos que brinda en forma natural el MAL asegura la superviviencia óptima de cada bebé, así como la recuperación física de la madre entre embarazos. Por el contrario, la madre que alimenta con biberón necesita iniciar la protección con un método diferente hacia las seis semanas del parto (Kennedy, 1989).

Beneficios a largo plazo
Cada vez es más evidente que la lactancia proporciona a las madres muchos más beneficios que aquellos durante un corto período después del parto.
Numerosos estudios han mostrado otras ventajas para su salud de las que pueden disfrutar las madres que amamantan. Por ejemplo, perfiles metabólicos óptimos, menor riesgo ante varios tipos de cáncer y beneficios sicológicos.
La producción de leche es un proceso metabólico activo que requiere el uso de 200 a 500 calorías al día, en promedio. Para quemar esta cantidad de calorías, una madre que alimenta a su bebé con biberón debería nadar 30 vueltas en una piscina o montar en bicicleta, colina arriba, durante una hora cada día. Claramente, las madres que lactan tienen una ventaja al perder peso ganado durante el embarazo. Varios estudios muestran que las madres que no lactan pierden menos peso y no mantienen esa condición tan bien como las que si amamantan (Brewer 1989).
Este hecho es especialmente importante para las madres que han tenido diabetes durante el embarazo. Después, del parto, las madres con historia de diabetes gestacional, que han lactado, tienen un menor nivel de azúcar en la sangre que las que no lactan (Kjos 1993). Para esas mujeres que están en un alto riesgo de desarrollar diabetes, la pérdida óptima de peso durante la lactancia, puede hacer que ese menor riesgo de diabetes se traslade a su vida futura.
Mujeres con diabetes tipo I anterior a su embarazo, tienen tendencia a necesitar menos insulina mientras lactan, debido a su reducción en los niveles de azúcar en la sangre. Por otra parte, las madres que amamantan tienen tendencia a tener un alto colesterol HDL (Oyer, 1989). La pérdida ideal de peso, mejora el control del azúcar en la sangre así como el perfil del colesterol bueno debido a la lactancia, lo que redundará, en última instancia, en menor riesgo de problemas cardíacos. Este aspecto cobra especial importancia en poblaciones donde los ataques al corazón son la mayor causa de muerte entre las mujeres.
Otro importante elemento utilizado para producir la leche materna es el calcio. Debido a que las mujeres pierden calcio mientras lactan, algunos profesionales de la salud han creído erróneamente que esto significa un mayor riesgo de osteoporosis para ellas. No obstante, muchos estudios muestran que después de destete, la densidad ósea de las madres que lactaron vuelve a sus niveles de antes del embarazo, y en ocasiones a niveles mayores (Sowers, 1995). A largo plazo, la lactancia da como resultado huesos más fuertes y menor riesgo de osteoporosis. De hecho, estudios recientes han confirmado que las mujeres que no lactaron tienen mayor riesgo de fractura de la cadera después de la menopausia (Cummings, 1993).
Por numerosos estudios realizados con madres no lactantes, se sabe que ellas tienen mayores riesgos de padecer cánceres en el ovario y el útero Es posible que se deba a los repetidos ciclos ovulatorios y la consecuente exposición a más altos niveles de estrógeno debido a la ausencia de lactancia. Se estima que las madres que amamantan de 6 a 24 meses durante su vida reproductiva pueden reducir el riesgo de cáncer del seno entre 11 y 25% (Lyde, 1989; Newcomb, 1994). Este fenómeno puede tener su explicación debido a la supresión de la
ovulación y al bajo estrógeno, así como a un efecto local relacionado con la normal función fisiológica del seno. Esta teoría fue sugerida por un estudio con madres que tradicionalmente amamantaron de un solo seno y tuvieron promedios significativamente más altos de cáncer en el seno que no lactó (Ing, Ho and Petrakis, 2977).
A manera de conclusión. La lactancia reduce los factores de riesgo para tres de las más serias enfermedades de las mujeres: cánceres femeninos, enfermedades del corazón y osteoporosis, sin ningún riesgo significativo para su salud.

Aspectos sicológicos en las madres que amamantan
¿Cómo mide usted la tranquilidad que proporciona tener un bebé que se está desarrollando de manera óptima? ¿Cómo maneja el presupuesto de la leche de tarro y de los incesantes y altos costos médicos?
Los organismos de salud promocionan la lactancia materna debido a las bien documentadas bondades que la leche materna tiene en los bebés, pero no logran convencer a las madres y familias acerca del potencial impacto emocional de esta crucial decisión relacionada con la alimentación de su bebés. En la sociedad occidental, la decisión entre el seno y el biberón se ve todavía como una decisión personal basada en la conveniencia. El posible estrés de vivir con un hijo que se enferma con frecuencia, o la pérdida de ese vínculo único que propicia la lactancia, son a menudo omitidos del proceso de decisión.
La lactancia es mucho más que proporcionar al bebé una nutrición óptima y protección contra muchas enfermedades. La lactancia propicia una interacción única entre la madre y su bebé, una automática cercanía, con contacto piel a piel que le permiten llevar un especial estilo de crianza; las madres que alimentan con biberón deben esforzarse en replicar estas circunstancias. La succión del bebé en el seno produce una condición hormonal particular en la madre. La prolactina, la hormona responsable de la producción de leche, aparece para producir un estado singular de calma en las madres. Se ha visto que las madres que amamantan tienen respuestas menos intensas a la adrenalina (Altemus, 1995).
Este efecto calmante es difícil de medir en sociedades que apoyan poco la lactancia, y donde amamantar más allá de las primeras semanas no es la norma. Las madres que intentan lactar en ese clima a menudo experimentan problemas físicos y emocionales. Ellos son resultado de la falta de modelos en la familia o entre los amigos, e involucran además la gran disponibilidad de las leches de tarro y la falta de acceso a profesionales de la salud que conozcan y apoyen la lactancia.
Aún si la madre logra superar los problemas físicos, posiblemente ella se enfrentará a comentarios negativos como, “¿Todavía lo amamanta?” o “ Tal vez su leche no es suficiente, por qué no le completa con un biberón?” O su jefe puede hacerle imposible continuar con la lactancia al regresar al trabajo. O se puede sentir abochornada de lactar en público. Poco importa que la madre experimente los efectos tranquilizadores de la lactancia. Un nuevo bebé significa momentos cargados de emoción. La “hora gris” (tiempo en que el bebé está intranquilo al final del día) se presenta con frecuencia y a menudo la madre se exacerba por la falta de apoyo y el sentimiento de aislamiento. El impacto de la lactancia en el esfuerzo emocional del post parto no ha sido bien estudiado, pero las madres lactantes con depresión requieren tanto medicamento como las demás. Estas madres presentan un reto único para el personal de la salud. Como los medicamentos pueden pasar a través de la leche materna, muchos doctores creen que el camino más seguro es destetar al bebé. No obstante, en muchos casos, la depresión es más fácil de manejar cuando ellas continúan lactando. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia los doctores insisten en que la madre destete su bebé para tomar antidepresivos.
La revisión de la literatura ha demostrado que muchos antidepresivos significan un riesgo mínimo, si es que lo hay, para el bebé que amamanta. La madre que siente que su relación de lactancia con su hijo es lo único que está haciendo bien en su vida, puede continuar lactando mientras recibe medicamentos apropiados para su depresión. Los beneficios a corto y a largo plazo para la madre que amamanta son muchos y valiosos.
Su bebé también recibe ese regalo, tanto para su salud física como emocional. Y algo que es bien difícil de medir, y es otro beneficio, es la felicidad y tranquilidad que parece rodear a la pareja que amamanta. Bien vale la pena buscar ayuda para solucionar los problema que se pueden presentar al comienzo de la lactancia y prolongar esos momentos de felicidad presente y futura.

Por qué más gente no sabe acerca de las bondades de la lactancia?
Claramente, la lactancia es buena para las madres, tanto desde el punto de vista físico como emocional. Es más, muchas madres deciden amamantar solo por el beneficio que significa para sus bebés. Lo cierto es que en el contexto de la sociedad que alimenta con biberón a sus bebés, la lactancia es vista como algo inconveniente e incómodo.
A menudo, las madres ven la lactancia como un período de martirio que se justifica por la salud de sus bebés. Si destetan pronto, se sienten culpables por no continuar dando al bebé esos beneficios; pero ese sentimiento de culpa se diluye debido a gente bien intencionada que les dice que al bebé le da lo mismo la leche de tarro. Tal vez si saben que continuar amamantando también es bueno para su propia salud, muchas madres no se desalienten ante las dificultades
Muchas mujeres no saben lo buena que es la lactancia para su propia salud. Ya sea por ignorancia o debido a la influencia de los fabricantes de leches industriales, muchos profesionales de la salud no informan a las madres esos beneficios. Es tiempo de que esa información se sepa. En la medida en que se sepan estos pequeños hechos que benefician a las madres, ellas no escogerán simplemente lactar unas pocas semanas para dar al bebé esa inmunidad tan importante, sino que tal vez decidan continuar lactando más tiempo por los beneficios para sus bebés y para ellas mismas.
* Alicia Dermer es doctora y consultora de lactancia, profesora asociada al departamento de Medicina Familiar de la Universidad de Medicina y Odontología de Nueva Jersey en Estados Unidos. Participa activamente en conferencias y programas de educación sobre lactancia; tiene numerosas publicaciones sobre el tema. Adaptado para Nuevo Comienzo por María Cristina Sáenz, en Bogotá, Colombia.

Leche Materna

Leche materna: el mejor alimento... y mucho más
(Breast Milk: the best food and much more)
Por Waleska Porras, Administradora Regional de Publicaciones en Español. Liga de la Leche, Costa Rica

Información perteneciente a la revista NUEVO COMIENZO, Vol. 14 Numero 2 Año 2002

La lactancia materna es la primera oportunidad que tiene una mujer para asegurar la salud, bienestar y felicidad que toda madre desea para sus hijos. Un bebé que es puesto al pecho de su madre a los pocos minutos de nacer, además del valioso calostro, que es una múltiple "vacuna" natural, recibe una cálida corriente de amor, una espontánea sensación de paz y seguridad similar a la que ha estado acostumbrado durante tantos meses dentro del vientre. Es una manera dulce, bella y saludable de darle la bienvenida a este mundo. Durante los primeros meses, el bebé necesita varias de las condiciones que le ayudaron a crecer dentro del útero. Una de ellas es estar muy cerca de su madre, sentir la seguridad de su presencia, el calor de su piel, escuchar los latidos de su corazón, y el timbre de su voz. Al estar en los brazos de su madre, alimentándose con su leche, recibe esto y mucho más.

VENTAJAS PARA EL BEBE
El pecho materno reemplaza a la placenta en las funciones de brindar al bebé alimento y protección. La leche materna es indiscutiblemente el alimento ideal para su bebé, y el único que él o ella necesita durante los primeros seis meses de vida. Además de proporcionarle todos los nutrientes necesarios para crecer, es como una barrera que le brinda protección extra contra todo tipo de infecciones y enfermedades, entre ellas: infecciones en el oído, infecciones respiratorias, diarrea, alergias, diabetes, obesidad, esclerosis múltiple, enfermedades virales y bacterianas e incluso algunos tipos de cáncer como la leucemia y el linfoma. Las niñas amamantadas también reciben protección contra cáncer de mama.
Además tienen menos problemas de caries y de deformaciones dentales. Los bebés que toman el pecho utilizan más de veinte músculos de la cara y la mandíbula, y los ejercitan más del doble que los bebés que toman biberón. Esto es muy importante porque "prepara" la boca, la lengua y la garganta para formar los sonidos necesarios para el lenguaje. Los especialistas en la enseñanza del lenguaje sostienen que si un niño o niña puede hablar claramente, el aprendizaje de la lectura se le facilita. Las ventajas físicas que reciben los bebés mediante la leche materna son sólo una parte de los muchos beneficios de ser amamantados. Actualmente se le está prestando mucha atención a la manera en que la lactancia ayuda a establecer una relación sólida y afectuosa entre la madre y su bebé.

VENTAJAS PARA LA MADRE
La lactancia no sólo beneficia al bebé, sino también a la madre. Al dar el pecho inmediatamente después del nacimiento del bebé, el útero se contrae y se reduce el riesgo de una hemorragia. También ayuda a que la placenta sea expulsada con mayor rapidez. La succión del bebé al tomar del pecho en las primeras semanas después del parto ayuda al útero a regresar más rápidamente a su tamaño natural.
La lactancia materna es una manera natural de planificación familiar. Una madre de un bebé menor de seis meses, que amamanta en forma exclusiva, de día y de noche (sin dar biberones con leche artificial o cualquier otro líquido, ni chupos de entretención) rara vez resulta embarazada antes de que su bebé esté listo(a) para recibir alimentos complementarios, o sea alrededor de los seis meses de edad. Mientras no aparezca la menstruación, o algún indicio de ella (como pequeñas manchas) quiere decir que la mujer no está ovulando y por lo tanto no puede quedar embarazada. Una vez aparezca la menstruación, se debe recurrir a otros métodos anticonceptivos.
Además, amamantar reduce el riesgo de cáncer de mama, de ovarios y osteoporosis. Y otra buena noticia: también ayuda a recobrar la silueta con mayor facilidad, ya que el cuerpo de la madre lactante utiliza alrededor de 400 a 500 calorías extras diariamente. La comodidad y la economía de tiempo y recursos también son aspectos a favor de la lactancia. Nada que comprar, nada que esterilizar, nada que calentar. En cualquier lugar y a cualquier hora puede alimentar discretamente a su bebé. Y ni hablar de la cantidad de dinero que se ahorra al dar el pecho. Se estima que los padres de un bebé alimentado con leche artificial gastan por lo menos el 35% de los ingresos mensuales en la compra de fórmula solamente (esta relación es calculada tomando el salario mínimo de los trabajadores costarricenses como base). Esto, sin tomar en cuenta el costo de los biberones, tetinas y la electricidad.
Además de todas estas ventajas, existen también beneficios emocionales. El cuerpo de una mujer que está lactando produce oxitocina, conocida también como "la hormona del amor", ya que despierta en la madre una sensación de bienestar y sentimientos muy fuertes de cuidar, amar y proteger a su bebé. Esto la ayuda a responder mejor a las necesidades de su hijo o hija. Otra hormona que producen las madres lactantes es la prolactina, la cual la ayuda a estar más tranquila y relajada.
Otro beneficio para las madres que amamantan es que, debido a que los cambios hormonales que sufren sus cuerpos después del parto son más graduales cuando se da el pecho, la depresión postparto, en caso de darse, suele ser mucho más leve y fácil de manejar. Y otro detalle importante: una madre lactante se ve "obligada" a descansar cada vez que se sienta o se acuesta con su bebé para alimentarlo, lo que le permite relajarse y disfrutar de momentos de paz y tranquilidad varias veces durante el día.
O sea, pues, que una madre que amamanta a su bebé recibe muchas recompensas a cambio de un esfuerzo relativamente pequeño. Los bebés amamantados, por su parte, se convierten en niñas y niños sanos, independientes, de autoestima alta, seguros de sí mismos, cariñosos, inteligentes y felices. Y al final de cuentas, ¿no es eso lo que todas las madres deseamos para nuestros hijos e hijas?

El Calostro si es Bueno

Información Especial
El calostro SI es bueno
(The Calostrum is good)
Información perteneciente a la revista NUEVO COMIENZO, Vol. 19 Numero 1 Año 2007
En muchos países las madres creen que el calostro, esa primera leche que produce una madre cuando su hijo nace, es inadecuada para el bebé. Hay la creencia de que es mala, que no alimenta y hasta que hace daño al bebé; que es un “líquido” que se debe desechar.
Nada más alejado de la realidad. El calostro contiene células vivas, circunstancia que lo hace muy parecido en su composición a la sangre. Por ejemplo, contiene linfocitos que protegen al bebé contra muchas bacterias y virus.
Es rico en inmunoglobulinas: cada litro de calostro contiene 12 gramos de IgA, que protegen al bebé especialmente de problemas intestinales y que a medida que el bebé crece, va disminuyendo en cantidad1.
Estos anticuerpos protegen al bebé contra virus y bacterias sin que él tenga que gastar energía para hacerlo, dedicando todos sus esfuerzos a crecer.
Lactoferrina, que tiene la capacidad de matar las bacterias, lactalbúmina, lisozymas, carbohidratos, lípidos, citokinas, nucleótoidos, factores de crecimiento, vitaminas, minerales y otros componentes que suman más de 60, de los cuales 30 solo se encuentran en la leche materna, la componen; se interrelacionan unos con otros para ayudar al bebé a fortalecerse y a responder a las agresiones del medio ambiente.
Por eso, los primeros días:
- Amamante con frecuencia y lo más pronto posible después de que el bebé nace.
- Si no es posible amamantar al bebé en las primeras horas, trate de extraer con la mano o con un extractor eléctrico unas gotas de calostro mientras el bebé puede amamantar por sí mismo.
- Tome suficiente líquido, el que sea necesario para quitarle la sed. Ingiera comidas nutritivas.
- Duerma al menos una siesta durante el día.
- Deje que el bebé coma cada vez que desee, sin imponerle un horario. Los bebés comen cuando lo necesitan.
- Si el bebé amamanta cada vez que desea, toma el calostro, esa primera leche con mucha proteína, y poca grasa y carbohidratos. Es todo lo que él necesita durante los primeros días.
- No se asuste si siente que tiene poco calostro. Es lo normal. El calostro se produce en muy pequeñas cantidades, entre 1 y casi 3 cucharaditas al día. Esa cantidad de calostro es todo lo que el bebé necesita.
- Alojar al bebé en el mismo cuarto de la madre, desde el hospital, permite que ella perciba con rapidez sus señales de hambre sin dejarlo llorar.
- Muchos bebés recién nacidos piden comer con frecuencia, y demoran muy poco en el seno. Podríamos decir que, a la vez que el bebé toma el calostro, se está entrenando para la succión más adelante y está indicando al seno sus necesidades de alimento.
- Rodéese de personas que la apoyen y la animen. La mejor ayuda que usted puede encontrar es para ayudarla con el oficio del hogar y la atención de los demás miembros de la familia.
- Las visitas los primeros días pueden legar a ser agobiantes para muchas madres. Limitarlas unos días conviene al descanso de la madre y propicia el conocimiento de la nueva pareja.

sábado, 31 de enero de 2009

Motricidad del Bebé

MADURACIÓN NEUROMOTRIZ

Cuando el bebé nace, no puede ejercer ningún movimiento voluntariamente.
Se ponen en marcha una serie de mecanismos reflejos, necesarios para sobrevivir. Por ejemplo, mama por reflejo. Como no regula esta actividad, al principio, suele succionar con mucha fuerza, (lo que también puede dolerle a la madre).
Todo lo que el bebé hace al principio es por reflejo, y luego, sobre esos reflejos, desarrolla la conciencia de su cuerpo, y de los resultados de las acciones y aprende a realizar los movimientos voluntariamente.

El sistema nervioso del recién nacido está inmaduro. No está capacitado para tener la movilidad de un adulto. El ser humano es el mamífero que nace más indefenso de todos: el mono al nacer ya se agarra de su mamá y gobierna varios movimientos.
El potrillo, se para en sus patas a los 40 minutos de nacido. En cambio el bebé recién nacido, está acostado, y no tiene otra posibilidad de moverse que por reflejo. Por ejemplo, si lo levantás, tenés que sostenerle la cabecita, porque él solo no puede hacerlo, ni conviene que se esfuerce a ello.
Reitero, esta "inmadurez neurológica" es absolutamente necesaria para podder nacer: si nacieramos con capacidad suficiente como para hacer lo que hacen otros mamíferos al nacer, el tamaño de nuestro cerebro no nos permitiría pasar por una pelvis que se ha estrechado al convertirnos en bípedos. Tenemos dos contras: cerebro más grande, pelvis más chica. ¿Qué recortamos entonces? El volúmen que desarrollamos al madurar el cerebro. Por eso nacemos tan vulnerables.

Y su maduración va a ocurrir de arriba hacia abajo: Primero, gobernará la mirada y luego los movimientos de la boca y dejará entonces de mamar como una aspiradora. Comienza a succionar por decisión propia, regulando la fuerza. Vas a notar que cuando succiona para alimentarse y cuando es para "amamantarse" (estar con mamá, vos te vas a dar cuenta). Mamar no es solo tomar leche. Maitena dice que es sintesis perfecta entre mamá y amar. Hay momentos en que ese chupu-chupu es tan necesario o más aún que la comida. A veces traga la comida en 10 minutos y después se queda 30 más de chupu-chupu.
Las desdichadas historias de los bebés que han sido internados en instituciones de cuidados, nos cuentan que solo sobreviven si tienen contacto amoroso con alguien. Ningún bebé ha sobrevivido si se lo ha unicamente alimentado o higienizado. No alcanza. Necesita(mos) del contacto, amor, mimos y que mejor momento que el de la comida, para hacerlo. Creo que incluso en la adultez, seguimos haciendo momento de comer la hora de estar en familia, con los amigos, de mimarnos y manifestarnos cuanto nos queremos, y cuando hay desordenes de alimentación, tienen que ver con un fondo de transtorno afectivo.

Otro signo de maduración y de conexión con el mundo externo:
¡¡¡¡¡Va a sonreir!!!!!!!! A proximadamente a partir de la 4ta o 5ta semana. Y ya no va a ser por expresión de satisfacción, sino por respuesta a tu mirada, a tu sonrisa, a tu voz (y al árbol, al perro y a lo que le llame la atención, más adelante ya se volverá más selectivo).
Luego comenzará a regular el movimiento del cuello y la cabeza: si está boca abajo, la va a levantar y cambiar de lado. Si está boca arriba, mirará hacia un costado y hacia el otro y la cabeza seguirá el movimiento lateral.
Comenzará a descubrir sus manitos. Antes, sus manos aparecian delante de sus ojos como por arte de magia y las miraba con sorpresa.
Es muy gracioso para nosotros verlos en sus movimientos como si estuvieran atrapando mariposas imaginarias. Pero un día vas a ver que intenta conducir el movimiento, y acerca sus manos, por ejemplo, a tu cara, al mamar. Y luego hacia los objetos que le llaman la atención.
¿Cómo sigue la maduración? Como mencionamos antes, de arriba hacia abajo.
Creo que la mejor manera de observar (y de permitir) la maduración de un bebé es que pueda experimentar su cuerpo en su totalidad.
Para ello, debemos reflexionar como va a pasar el bebé sus horas del día.

MOTRICIDAD GLOBAL

Emi Pliker, una médica húngara que dirigió un orfanato durante 30 años aplicó un criterio muy particular para ese momento y sobre todo muy efectivo para los niños:
Ella determinó que los bebés deberían estar acompañados entre ellos y no aislados en sus cunas.
Entonces los bebés estuvieron siempre en lugares llamados "parques" (corralitos como lo llamamos nosotros) con las siguientes caracteríticas: al menos de 3x3 metros, aislados del exterior normal donde suele haber lámparas o muebles puntiagudos, para que no se tiren cosas encima, solo por la cuestión de seguridad y organización: tenían muchos niños y debían agruparlos por edades.
Y ellos se hacían compañia durante el día. ¿el resultado? Pikler criaba niños que mostraban una marcada autodeterminación, seguros de sí mismos , que de adultos generaron familias felizmente conformadas, sin repetir el desdichado motivo por el cual habían sido abandonados.
La experiencia Pikler, muestra tener un compuesto emocional además del económico. Pikler sostenía que estos resultados, observados unicamente en su institución y no en otras era en gran parte producto de la posibilidad que se le daba a cada niño de conocer al mundo por si mismo, pero nunca sintiendose abandonado. Que esa calidad de experiencia además genera en la persona lo que hoy llamamos Pensamiento Lateral: llegar a un resultado desde distintos lugares, que es lo que tuvo que desarrollar el niño cuando aprendió a moverse y probar millones de posibilidades para moverse hasta encontrar la manera más efectiva de hacerlo para él o ella.

Lo más indicado es que el bebé pueda estar en un sitio amplio y seguro, estable. Puede ser una colchoneta de unos 4 cm de alto y de unos 2x2 (depende ya de tu lugar en la casa). Nunca la cama, porque ruedan y reptan antes de lo que crees. Loa objetos que estén a mano deben ser de bordes suaves (pueden ser juguetes para bebés o una panera, un trozo de de manguera, un pedazo de tela) y los accesorios (sillas, bancos, cubos sólidos, etc.) firmemente fijados al piso, para evitar accidentes.
El bebé necesita estar acostado, y ese será siempre su punto de partida para investigar el mundo de posibilidades del movimiento que desarrollará con su cuerpo.
¿Porque insisto con este tema?
Porque es vital no interferir en el desarrollo psicomotriz del bebé. Si él, por sus propios medios, no puede abandonar determinada posición, quiere decir que no está capacitado para adoptar otras posiciones y no deberiamos forzarlo nosotros.

DOS LUGARES A CUIDAR: LA CABEZA Y CUELLO, Y LA PELVIS

Para comenzar, ya viste que la maduración comienza de arriba hacia abajo, así que los primeros movimientos de motricidad gruesa serán de su cabeza y cuello: él está aprendiendo a sostenerla, él sabe hasta cuando y cuanto puede hacerlo. Cuando se cansa, plaf, la deja caer.
Si lo forzamos a la verticalidad, estariamos generando dos cosas muy negativas en él: por un lado sus minúsculas vertebras que están en pleno proceso de calcificación recibirán el enorme peso de la cabeza. Si esto sucediera recurrentemente, esas vértebras no tendrían la misma forma que si se hubiesen calcificado sin esa pesada influencia. Por otro lado, sus músculos paravertebrales (los que está aprendiendo a usar ahora y que él debe regular hasta cuanto y como) para sostener la cabeza se crisparán por reflejo para sostener tamaño peso generando molestas tensiones que dan origen a un estado de irritación generalizado del bebé, y que puede influir en su carácter posteriormente. Además como adquirió una posición interesante para él, pero solito/a no podrá conseguirla, requerirá permanentemente de la ayuda de un adulto (que suele aceptar el trato para que no llore y no sufra), por lo tanto estamos dándole la bienvenida a la nueva necesidad creada: buescar el contacto para que nos hagan, (muy distinto de buscar el contacto para querernos). Acabás de inventar un "capricho".
Nadie tiene que enseñarle nada. Él/ella tendrá que descubrirlo.
Pensemos que el bebé atado a una sillita o a un cochecito no puede experimentar ninguna libertad. Los bebés en esta situación suelen llorar mucho más que los bebés que no ven la hora de estar en el piso para "trabajar", es decir experimentar el desafío del movimiento libre, que cambia cada día.

Sentado
Según las pautas madurativas que figuran en los libros de textos sobre pediatría el bebé se sienta a los 6 meses. Esto es cierto, incluso a los 5 meses si lo colocás sentadito, sus reflejos de enderezamiento lo conservarán vertical. Un poco tambaleante, por cierto.
Además como la cabeza pesa, le suelen poner almohadones alrededor, porque en cualquier momento se da un cocazo, o se va para atrás.
Creo que lo peor de ponerlo en diferentes posiciones es la manera en que le vamos frustrando los aprendizajes. (Así esa cuando a los 6 años te va apedir que le hagas la tarea).
Si el bebé no tiene la menor idea de como llegó a esa posición, tampoco sabe abandonarla. Entonces , ¿como va a salir de ella? Gritando, para que mamá o papá o quien lo esté cuidando vaya a socorrerlo. Este estilo además totalmente desaconsejable porque el bebé vive frustrado, irritado y asustado: no sabe como llegó a estar a así, está molesto por todas las tensiones que se le arman, no disfruta de su cuerpo, no puede prestar atención a los juguetes. Por añadidura, se transformará en un bebé demandante por las cosas que no sabe hacer solito, pero quiere hacer, porque ya sabe que si son posibles: a todo bebé le encanta estar vertical, porque ve más cosas (¡curiosos!). No debemos subestimarlos de lo que no puede generar por si mismo.
Además, con respecto a la posición sentada hay un tema muy importante: la calcificación de pelvis.
Los huesos de la pelvis, al nacer, estan descalcificados: las tres partes de la pelvis que son palpables _isquiones, pubis y crestas ilíacas_ están más calcificadas que las ramas que los unen _isquio pubiana e íleo pubiana_ que aún están cartilaginosas.
Es muy necesario entonces que no reciba apoyo vertical, para permitir que la calcificación endurezca al hueso con la forma adecuada (idem con las vértebras verticales). Si la naturaleza dice que el bebé no se sienta (por si solo), entonces no lo sientes.
Cuando esa zona esté fuerte, él/ella ya habrá experimentado suficientemente con las partes de su cuerpo que está madurado neurológicamnete e integrado y en algún momento va a empujar con sus manitos y va a descubrir la cola como apoyo. De más está agregar el enorme placer que experimentará con ese logro.

viernes, 30 de enero de 2009

Hermanos: la ventaja de crecer juntos


A las mujeres nos sucede con frecuencia que, embarazadas por segunda vez, tenemos la sensación y el temor de que no podremos amar a un “otro” tan profundamente como amamos a nuestro hijo ya nacido. Es tal la potencia del amor, la vivencia completamente nueva desde que hemos devenido madres, que creemos que será irrepetible tamaña intensidad. Sin embargo, el corazón de las madres no se divide, sino que se multiplica con cada hijo que nace. Esto lo comprobamos recién cuando el segundo hijo ha nacido y el amor se instala con la naturalidad y el derroche de antaño. Una vez que hemos comprobado que no hay peligro, que podemos amar a dos hijos, luego a tres o a cuatro…desplazamos ese temor en nuestros propios hijos: suponemos que “ellos” no podrán amar a otro. Y que la presencia de un hermano, necesariamente será en detrimento de no sabemos bien qué, pero que será vivido como un hecho negativo para ellos.

A partir de ese momento, cualquier actitud molesta del niño, cualquier rabieta, llanto, enfermedad, mal humor, enfado, insatisfacción o inquietud, la interpretaremos desde el punto de vista del dolor o la incomodidad que supuestamente le ocasiona el hermano. Sin embargo, todos sabemos internamente que no hay nada más maravilloso que el nacimiento de un hermano, que es el ser más par, más cercano, más “hermanado” que tendremos a lo largo de la vida. Y si los padres decidimos tener más hijos para amarlos, lo lógico es compartir ese fin con nuestros hijos ya nacidos para ampliar y aumentar nuestro campo de amor.

La hermandad como experiencia concreta puede llegar a ser una de las vivencias más extraordinarias para un ser humano. Sin embargo tener hermanos no es garantía de que esos lazos de amor y proximidad emocional se instalen. Ni siquiera influye positivamente o negativamente que tengan poca diferencia de edad entre ellos o mucha, que sean del mismo sexo o que compartan habitación. La hermandad en su sentido profundo podrá desarrollarse siempre y cuando los padres sean capaces de atender las necesidades de unos y otros sin rotularlos, sin encerrar a cada hijo en un personaje determinado, sin considerar que uno es bueno y otro malo, uno inteligente y otro tonto, uno veloz y el otro lento. Esas afirmaciones aparentemente inocentes que los adultos perpetuamos durante la crianza de los niños, las utilizamos sin darnos cuenta para asegurarnos un rol estático para cada uno. Cuando un niño comprende que según sus padres es inteligente, o responsable o distraído o agresivo o terrible, intentará asumir ese papel a la perfección. Es decir, será el más terrible de todos o el más valiente de todos. Habitualmente cada hermano tendrá asignado un personaje para representar, alejándolo de ese modo de su propio ser esencial y también del ser esencial de cada uno de sus hermanos.

Por eso, nos corresponde a los padres estar atentos y observarlos limpiamente, en lugar de interpretar subjetivamente cómo creemos que son cada uno de ellos según nuestra perspectiva. Si insistimos en nombrar una y otra vez que tal es obsesivo, el otro es enfermo o el último es alegre, sólo lograremos provocar distanciamiento entre los hermanos, ya que se sentirán demasiado diferentes unos de otros. En cambio, si nos interesa ayudarlos a instalar la hermandad, será menester escuchar y comprender a cada hijo. Luego podremos traducir con palabras sencillas lo que hemos entendido acerca de ellos, acercando esos pensamientos al resto de nuestros hijos. De ese modo colaboraremos para que cada niño incorpore otros puntos de vista, otras vivencias y otros registros y pueda entonces amar a sus hermanos porque los ha comprendido.

La hermandad se instala entre los hermanos si los padres trabajan a favor de ella. La hermandad surge de la proximidad afectiva, del cariño, del deseo de ayudar, sostener, acompañar y nutrir. La hermandad se construye desde el día en que un niño ha nacido si los hermanos se saben imprescindibles para el recién nacido. Los niños mayores serán capaces de desviar sus intereses personales hacia el pequeño, sólo si sus necesidades básicas de protección, cuidados y mirada han sido satisfechas. Si el amor circula en la familia, cada nuevo miembro es una bendición, sin importar la diferencia de edad o las circunstancias familiares en las que se produce la aparición del niño. Nuestros hijos aprenderán a amar a sus hermanos si los incluimos en el mismo circuito de amor y dicha. Si demostramos la felicidad por la nueva presencia, si participamos todos en los cuidados del niño más pequeño, si respondemos a su vez a las demandas y necesidades específicas de los niños mayores y muy especialmente, si esos niños mayores están acostumbrados a ser mirados y escuchados genuinamente por sus padres. Es decir, las bondades de la hermandad podrán desplegarse dentro de una familia, si antes cada hijo se siente amado, importante a ojos de sus padres y especial.

Por el contrario, si los niños perciben sufrimiento, soledad, apatía o abandono emocional, el bebé recién nacido no logrará hacer crecer en sus hermanos la empatía ni el cariño. Ningún niño estará en condiciones de alimentar afectivamente a un hermano si está hambriento de cuidados, por más que sea mucho mayor en relación al pequeño o porque sus padres se lo demanden. De nada vale teorizar sobre el bien ni sermonear sobre lo que es correcto hacer, ya que cada niño podrá asumir espontáneamente el amor hacia los hermanos, sólo si realmente siente que el amor abunda a su alrededor. Y en todos los casos, somos los padres quienes tenemos la responsabilidad de la nutrición amorosa.

Amar a los hermanos no es un tema menor. Cuando tenemos la dicha de vivir la experiencia de la hermandad dentro de casa, luego podemos trasladarla a los demás vínculos humanos y sentir que casi cualquier persona puede constituirse en un hermano del alma. Y si es nuestro hermano del alma, no dudaremos en dar la vida por él. Ese derroche de amor y generosidad brotará de nuestro corazón si la hemos aprendido en la sencillez de la infancia.

Laura Gutman

jueves, 29 de enero de 2009

Declaración sobre el llanto del bebé

Hombres y mujeres, científicas y profesionales que trabajamos en distintos campos de la vida y del conocimiento, madres y padres preocupados por el mundo en el que nuestros hijos e hijas van a crecer, hemos creído necesario hacer la siguiente declaración:
Es cierto que es frecuente que los bebés de nuestra sociedad Occidental lloren, pero no es cierto que sea normal. Los bebés lloran siempre por algo que les produce malestar: sueño, miedo, hambre o, lo más frecuente y que suele ser causa de los anteriores, la falta del contacto físico con su madre u otras personas del entorno afectivo.
El llanto es el único mecanismo que los bebés tienen para hacernos llegar su sensación de malestar, sea cual sea la razón del mismo; en sus expectativas, en su continuum filogenético no está previsto que ese llanto no sea atendido, pues no tienen otro medio de avisar sobre el malestar que sienten ni pueden por sí mismos tomar las medidas para solventarlo.
El cuerpo del bebé recién nacido está diseñado para tener en el regazo materno todo cuanto necesita, para sobrevivir y para sentirse bien: alimento, calor, apego.
Por esta razón, no tiene noción de la espera, ya que estando en el lugar que le corresponde, tiene a su alcance todo cuanto necesita.
El bebé criado en el cuerpo a cuerpo con la madre desconoce la sensación de necesidad, de hambre, de frío, de soledad, y no llora nunca.
Como dice la norteamericana Jean Liedloff, en su obra "El Concepto del Continuum", el lugar del bebé no es la cuna ni la sillita ni el cochecito, sino el regazo humano.
Esto es cierto durante el primer año de vida y los dos primeros meses de forma casi exclusiva (de ahí la antigua famosa cuarentena de las recién paridas).
Más tarde, los regazos de otros cuerpos del entorno pueden ser sustitutivos durante algún rato.

El propio desarrollo del bebé indica el fin del periodo simbiótico: cuando se termina la osificación y el bebé empieza a andar.
Entonces, empieza poco a poco a hacerse autónomo y a deshacerse el estado simbiótico. La verdad es obvia, sencilla y evidente.
El bebé lactante toma la leche idónea para su sistema digestivo y además puede regular su composición con la duración de las tetadas, con lo cual el bebé criado en el regazo de la madre no suele tener problemas digestivos.
Cuando la criatura llora y no se le atiende, llora con más y más desesperación porque está sufriendo.
Hay psicólogos que aseguran que cuando se deja sin atender el llanto de un bebé más de tres minutos, algo profundo se quiebra en la integridad de la criatura, así como la confianza en su entorno.
Los padres, que hemos sido educado en la creencia de que es normal que los niños lloren y de que hay que dejarles llorar para que se acostumbren y que, por ello, estamos especialmente insensibilizados para que su llanto no nos afecte, a veces no somos capaces de tolerarlo.
Como es natural si estamos un poco cerca de ellos, sentimos su sufrimiento y lo sentimos como un sufrimiento propio.
Se nos revuelven las entrañas y no podemos consentir su dolor.
No estamos del todo deshumanizados.
Por eso, los métodos conductistas proponen ir poco a poco, para cada día aguantar un poquito más ese sufrimiento mutuo.
Esto tiene un nombre común, que es la administración de la tortura, pues es una verdadera tortura la que infligimos a los bebés, y a nosotros mismos, por mucho que se disfrace de norma pedagógica o pediátrica.
Varios científicos estadounidenses y canadiense (biólogos, neurólogos, psiquiatras, etc.), en la década de los noventa, realizaron diferentes investigaciones de gran importancia en relación a la etapa primal de la vida humana.
Demostraron que el roce piel con piel, cuerpo a cuerpo, del bebé con su madre y demás allegados produce unos moduladores químicos necesarios para la formación de las neuronas y del sistema inmunológico. En definitiva, que la carencia de afecto corporal trastorna el desarrollo normal de las criaturas humanas.
Por eso los bebés, cuando se les deja dormir solos en sus cunas, lloran reclamando lo que su naturaleza sabe que les pertenece.
En Occidente se ha creado en los últimos 50 años una cultura y unos hábitos, impulsados por las multinacionales del sector, que elimina este cuerpo a cuerpo de la madre con la criatura y deshumaniza la crianza.
Al sustituir la piel por el plástico y la leche humana por la leche artificial, se separa más y más a la criatura de su madre. Incluso se han fabricado intercomunicadores para escuchar al bebé desde habitaciones alejadas de la suya.
El desarrollo industrial y tecnológico no se ha puesto al servicio de las pequeñas criaturas humanas, llegando la robotización de las funciones maternas a extremos insospechados. Simultáneamente a esta cultura de la crianza de los bebés, la maternidad de las mujeres se medicaliza cada vez más; lo que tendría que ser una etapa gozosa de nuestra vida sexual, se convierte en una penosa enfermedad.
Entregadas a los protocolos médicos, las mujeres adormecemos la sensibilidad y el contacto con nuestros cuerpos, y nos perdemos una parte de nuestra sexualidad: el placer de la gestación, del parto y de la exterogestación, lactancia incluida.
Paralelamente las mujeres hemos accedido a un mundo laboral y profesional masculino, hecho por los hombres y para los hombres, y que por tanto excluye la maternidad; por eso la maternidad en la sociedad industrializada ha quedado encerrada en el ámbito privado y doméstico.
Sin embargo, durante milenios la mujer ha realizado sus tareas y sus actividades con sus criaturas colgadas de sus cuerpos, como todavía sucede en las sociedades no occidentalizadas. La imagen de la mujer con su criatura tiene que volver a los escenarios públicos, laborales y profesionales, so pena de destruir el futuro del desarrollo humano.
A corto plazo parece que el modelo de crianza robotizado no es dañino, que no pasa nada, que las criaturas sobreviven; pero científicos como Michel Odent (1999 y www.primal-health.org), apoyándose en diversos estudios epidemiológicos, han demostrado una relación directa entre diferentes aspectos de esta robotización y las enfermedades que sobrevienen en la edad adulta. Por otro lado, la violencia creciente en todos los ámbitos tanto públicos como privados, como han demostrado los estudios de la psicóloga suizo-alemana Alice Miller (1980) y del neurofisiólogo estadounidense James W. Prescott (1975), por citar sólo dos nombres, también procede del maltrato y de la falta de placer corporal en la primera etapa de la vida humana.
También hay estudios que demuestran la correlación entre la adicción a las drogas y los trastornos mentales, con agresiones y abandonos sufridos en la etapa primal.
Por eso, los bebés lloran cuando les falta lo que se les quita; ellos saben lo que necesitan, lo que les correspondería en ese momento de sus vidas.
Deberíamos sentir un profundo respeto y reconocimiento hacia el llanto de los bebés, y pensar humildemente que no lloran porque sí, o mucho menos, porque son malos.
Ellas y ellos nos enseñan lo que estamos haciendo mal.
También deberíamos reconocer lo que sentimos en nuestras entrañas cuando un bebé llora; porque pueden confundir la mente, pero es más difícil confundir la percepción visceral.
El sitio del bebé es nuestro regazo; en esta cuestión, el bebé y nuestras entrañas están de acuerdo, y ambos tienen sus razones.
No es cierto que el colecho (la práctica de que los bebés duerman con sus padres) sea un factor de riesgo para el fenómeno conocido como muerte súbita.
Según The Foundation for the Study of Infant Deaths, la mayoría de los fallecimientos por muerte súbita se producen en la cuna.
Estadísticamente, por lo tanto, es más seguro para el bebé dormir en la cama con sus padres que dormir solo (Angel Alvarez www.primal.es).
Por todo lo que hemos expuesto, queremos expresar nuestra gran preocupación ante la difusión del método propuesto por el neurólogo E. Estivill en su libro "Duérmete Niño" (basado a su vez en el método Ferber divulgado en Estados Unidos), para fomentar y ejercitar la tolerancia de los padres al llanto de sus bebés.
Se trata de un conductismo especialmente radical y nocivo teniendo en cuenta que el bebé está aún en una etapa de formación.
No es un método para tratar los trastornos del sueño, como a veces se presenta, sino para someter la vida humana en su más temprana edad.
Las gravísimas consecuencias de este método, han empezado ya a ponerse de manifiesto.
Necesitamos una cultura y una ciencia para una crianza acorde con nuestra naturaleza humana, porque no somos robots, sino seres humanos que sentimos y nos estremecemos cuando nos falta el cuerpo a cuerpo con nuestros mayores.
Para contribuir a ello, para que tu hijo o tu hija deje de sufrir YA, y si te sientes mal cuando escuchas llorar a tu bebé, hazte caso; cógele en brazos para sentirle y sentir lo que está pidiendo. Posiblemente sólo sea eso lo que quiere y necesita, el contacto con tu cuerpo.
No se lo niegues. Cuando un recién nacido aprende en una sala de nido que es inútil gritar... está sufriendo su primera experiencia de sumisión. (Michel Odent)

Para más información, te recomendamos los siguientes libros:
Nuestros hijos y nosotros, M.F. Small, Ed. VergaraVitae (Buenos Aires)
Bésame mucho, Carlos González, Ed. Temas de Hoy
El Concepto del continuum (En busca del bienestar perdido), Jean Liedloff, Ed. Obstare
El bebé es un mamífero, Michel Odent, Ed. Mandala

miércoles, 28 de enero de 2009

El Arco Iris tiene muchos colores

Da la sensación que podemos coger la luz con nuestras manos cuando está reflejada en la diversidad de colores. Extasiados por la belleza, permanecemos atónitos ante la aparición del arco iris surcando el cielo. Ese reflejo difuso nos trae un instante de inocente felicidad, unos segundos de explosión de magia entre el final de una lluvia y los tenues rayos del sol. Rojos, morados, violetas, azules, verdes, naranjas y dorados coexisten entre sí, porque todos son uno. Y si uno de estos colores faltara, simplemente no habría luz.

Así como es arriba es abajo, dicen los sabios que saben. Si en el cielo la diversidad es moneda corriente, debe ser porque aquí abajo nos necesitamos unos y otros con nuestras diferencias. No sólo el bajo necesita del alto para tomar la manzana del árbol, sino que el alto necesita del bajo para encontrar la piedra preciosa. El delgado necesita del robusto para lanzar la piedra y el robusto necesita del delgado para correr. El niño necesita al adulto para ser cuidado y el adulto necesita al niño para sanar su corazón.

Hay momentos en que algunos nos juntamos con otros parecidos y decidimos que “nosotros” somos los buenos y los normales, también los santos, los saludables, los correctos y los inteligentes. Por lo tanto, determinamos que los “otros” que son también bastante parecidos pero no lo suficiente, obligatoriamente son malos y anormales, pecadores, enfermos, incorrectos y tontos. Desde ya, es posible que ellos opinen sobre nosotros exactamente lo mismo que nosotros opinamos sobre ellos. Pero poco importa, porque de todas maneras no nos interesa lo que piensan ni sienten ni dicen. Nosotros somos nosotros y ellos son ellos, o sea, son diferentes. Y si son diferentes, preferimos alejarnos. Y al alejarnos, serán cada vez más diferentes y más desconocidos y más peligrosos.

La paradoja es que podemos ser buenos en la medida que haya alguien que no sea tan bueno…de lo contrario ¿cómo sabremos que somos buenos? Si no hay pecadores, ¿cómo es posible saber si somos santos? Si no hay mentes brillantes ¿cómo medimos nuestra ignorancia? Y sobre todo, si no hay generosos ¿cómo registramos nuestro egoísmo?

Esa es la sabiduría de la diversidad. Sólo en la diferencia podemos conocernos. Sólo si los demás poseen virtudes diferentes a las propias, podemos comprender qué tenemos y qué nos falta. Por eso ni siquiera se trata de “aceptar” las diferencias. Se trata de comprender que sin las diferencias, no “somos”. Es decir, que para “existir” y tener alguna entidad, necesitamos a aquellos que son diferentes a nosotros. Como el rojo necesita del azul y el violeta necesita del anaranjado. O sea que el acercamiento al “diferente” no es sinónimo de altruismo, sino apenas la capacidad de reconocer una necesidad vital propia.

Todos los padres de niños “diferentes” a otros lo saben. Es el niño “supuestamente diferente” quien nos trae conocimiento, nos dice quiénes somos, y nos indica nuestras falencias. Pobres todos nosotros.

Laura Gutman

¿Los niños necesitan límites o presencia materna?

Solemos determinar que un niño “no tiene límites” cuando “pide” desmedidamente o cuando su movimiento constante nos distrae o nos reclama atención. Sin embargo, antes de juzgarlos y rotularlos en su comportamiento, tratemos de ponernos en su lugar, de imaginarnos en su cuerpo y en su confusión, en la imposibilidad de comunicar lo que genuinamente necesita. El niño utiliza el mismo sistema confuso de pedir “lo que puede ser escuchado” y no lo que realmente desea. Ya ha constatado que lo que molesta, siempre es prioritario en la atención de los demás.

Cuando los adultos no logramos reconocer con sencillez y sentido lógico una necesidad personal, tampoco podemos comprender la necesidad específica de un niño, y menos aún si está formulada en el plano equivocado. Sin darnos cuenta, pedimos lo que creemos que será escuchado y no lo que realmente necesitamos. A este fenómeno tan frecuente y utilizado por todos nosotros, lo denomino: “pedido desplazado”.

Por ejemplo: las mujeres necesitamos que nuestro esposo nos abrace y nos diga cuánto nos ama. Sin embargo en lugar de explicitar nuestra necesidad afectiva, le rogamos que se ocupe de cambiar al bebé. Cuando un deseo es expresado a través de otro deseo, aparece el malentendido. Inconscientemente solicitamos algo diferente de lo que necesitábamos, por lo tanto no obtenemos lo deseado, y así nos sentimos incomprendidas, desvalorizadas y enfadadas. En el plano emocional, cuando no sabemos lo que nos pasa o no lo podemos explicar, obviamente nada ni nadie logran satisfacernos.

En relación a los niños, esta situación es tan corriente que la vida cotidiana se convierte en “un campo de batalla”. Levantarse para ir a la escuela, comer, bañarse, ir de compras, hacer la tarea, llegar o irse de algún lugar, ir a un restaurante en familia; todo parece ser “un gran malentendido” donde todos terminamos molestos. Y hemos encontrado un rótulo muy de moda aplicable a casi cualquier niño y a casi cualquier situación: “a este niño le faltan límites”

El tema de los límites -como se lo entiende vulgarmente- es un problema falso, ya que no se vincula con la autoridad o la firmeza con que decimos no. Al contrario, se resolvería fácilmente si fuésemos capaces de acordar entre el deseo de uno y el deseo del otro con sentido lógico para ambos. Y para ello se necesita capacidad de escucha, una cierta dosis de generosidad, reconocimiento de las propias necesidades, y luego la comunicación verbal que legitime y establezca lo que estamos en condiciones de respetar sobre el acuerdo pactado.

Nos preguntamos cómo hacer para que nuestros niños se comporten bien, sean amables y educados y puedan vivir según las reglas de nuestra sociedad. Sin embargo, estos “resultados” no dependen tanto de nuestros consejos, -y mucho menos de nuestro autoritarismo- sino de lo que podemos comunicar genuinamente. Para ello se requiere un trabajo de introspección permanente. No puedo contar qué me sucede si no sé qué me pasa de verdad. Luego, es necesario saber lo que le pasa al niño. Y sólo después será posible llegar a acuerdos basados en el conocimiento y la aceptación de lo que nos pasa a ambos. Si queremos niños dóciles y comprensivos, tendremos que entrenarnos en la dulzura hacia ellos y hacia nosotros mismos.

Por otra parte, ir en busca del pedido original del niño, requiere un conocimiento genuino sobre las necesidades básicas de los más pequeños. Los adultos consideramos con frecuencia que “ya son demasiado grandes para...” Invariablemente deberían lograr algo que aún les resulta inalcanzable como habilidad: jugar solos, no chuparse el dedo, permanecer en las fiestas de cumpleaños sin nuestra presencia, dejar el biberón, no interrumpir cuando los grandes conversan, quedarse quietos, estudiar solos, no mirar la tele, no molestar, etc.

Pero lo verdaderamente complejo, es que la presencia comprometida de los padres es escasa. Cuando los niños “no tienen límites, piden desmedidamente o no se conforman con nada”, están reclamando desplazadamente presencia física y también compromiso emocional. De hecho, cuanto más insatisfechos estén los niños, más reclaman, menos los toleramos y más los adultos los echamos de casa porque nos desgastan. Los enviamos a pasar largas jornadas en las escuelas, fines de semana en casa de los abuelos, múltiples actividades extra escolares…ahondando la desconexión y el abismo que nos separa.

Un niño que nos exaspera es simplemente un niño necesitado.

Por eso el tema de los límites es un problema falso. Cuando hablamos de límites, hay que considerar nuestras capacidades de comunicación y de franqueza con la que nos dirigimos a nuestros hijos.

Esto no significa que debamos soportar la tiranía de caprichos absurdos. Al contrario, el niño no es libre de hacer cualquier cosa, pero nosotros tampoco. Se trata de preguntar al niño qué necesita, en qué lo podemos ayudar, y se trata de relatar también qué nos sucede a nosotros los adultos y qué estamos en condiciones de ofrecer. Luego, haremos algunos acuerdos posibles. Así de fácil.


Laura Gutman

viernes, 23 de enero de 2009

LA TV COMO CANGURO

Que la pantalla de la televisión haga parte de nuestra vida cotidiana es un hecho tan real como el aire que respiramos. Así que no vale la pena rasgarnos las vestiduras en contra de la televisión en sí misma. Si bajara un extra-terrestre con su nave espacial en la Tierra constataría que existe un elemento común en todos los rincones del planeta -a pesar de las grandes diferencias entre regiones- que tiene atrapados, casi inmovilizados y prácticamente hechizados a todos los seres humanos que la habitan. Frente a la televisión, entramos en una frecuencia “alfa”, atraídos hacia el aparato como si tuviera dentro de sí una varita mágica para mantenernos en un estado de encantamiento general.

Cuando miramos televisión, entramos en un universo de fantasía, aunque se trate del noticiero con las peores noticias del mundo. Allí las vivencias internas pueden convertirse a nuestro antojo en lo que queramos. La televisión “se introduce” y al mismo tiempo nosotros “nos introducimos” en ella. Como sea, hay una sensación onírica de placer y ensoñaciones. Esto explica un poco porqué los adultos asociamos “descanso” con “mirar televisión”.

Ahora bien, los adultos estamos tan acostumbrados a “ser mecidos” por la televisión encendida, que podemos comprender que los niños -que en ocasiones pasan muchas horas sin mirada de un adulto, sin dedicación para el juego y sin propuestas creativas- encuentren también una sensación agradable y placentera. Por lo tanto no sería muy honesto de nuestra parte, enfadarnos con ellos, y mucho menos con el aparato.

Si consideramos que los niños pasan demasiadas horas frente a la televisión, tendremos que aceptar que el problema no es la televisión en sí misma sino que se ha convertido en la instancia más satisfactoria, gozosa y fiel que los niños han encontrado, a falta de algo mejor. Es un canguro ideal. Gratuito. Y no tiene apuro por irse a casa. Si pretendemos que ellos reduzcan el tiempo que pasan pasivamente mirando dibujos animados, será menester proponerles -lo que sea- siempre y cuando entremos en comunicación con ellos. Todo niño pequeño va a preferir el vínculo con otro ser humano –o con un animal doméstico- antes que el vacío y la soledad. Cuando el abandono está presente, la televisión apacigua y calma. Pero cuando la intensidad de una relación humana se pone de manifiesto, la televisión pierde su razón de ser frente a las necesidades ya satisfechas del niño.

Sin embargo a los adultos nos cuesta mucho hacernos cargo de entrar en una relación afectiva y de verdadera comunicación con los niños. La televisión encendida “nos salva” a los adultos, ya que nos permite “hacernos los sordos” respecto a nuestras incapacidades para escuchar a nuestros hijos, y por supuesto, respecto a las propias necesidades y deseos. Cuando el ruido y las imágenes inundan todo el espacio de encuentro, podemos simular que estamos juntos, pero en realidad cada uno está solo en su pequeño territorio afectivo.

Tengamos en claro que a la televisión la necesitamos más los adultos que los niños. Porque los más pequeños siempre están ávidos de comunicación, intercambio emocional, juego y palabras. En cambio las personas grandes estamos más acostumbradas a refugiarnos en la soledad largamente aprendida y a defendernos de miedos muy arcaicos. Por eso la televisión nos tranquiliza a todos y parece imprescindible en los momentos supuestamente ideales para el encuentro, como las comidas, las cenas familiares, las últimas horas del día y los momentos previos a ir a dormir.

Si la televisión se ha convertido en casa en una presencia constante y ha invadido cada rincón del alma familiar, sembrando cada vez mayor aislamiento e incomunicación entre unos y otros; podemos probar, sin cambiar radicalmente las cosas, permanecer junto a los niños con la intensión de mirar un programa mientras intercambiamos algunas palabras. Veremos que probablemente los niños se interesarán por nuestra presencia. Tendrán algún acercamiento a través del juego o de un pedido cualquiera. Del mismo modo, cuando nosotros no estamos en casa y otras personas se hacen cargo del cuidado de los niños, nos corresponde también ofrecerles ideas creativas a esos adultos, que serán responsables no sólo de que a los niños no les pase nada malo, sino también de entrar en un vínculo de intercambio emocional, de cobijo y de cariño. Si eso existe, la televisión pasará a un segundo lugar en la vida cotidiana.

Por otra parte, vale la pena reflexionar o incluso “cronometrar” el tiempo que nosotros mismos pasamos frente al televisor. Veremos que es mucho más tiempo del que creemos. Si registramos que ese tiempo de aparente ocio, en realidad esconde una inmensa soledad y una gran dificultad para comunicarnos con los demás, quizás nos atrevamos a hacer algún movimiento a favor de los vínculos. Los niños, en consecuencia, harán lo propio.

La televisión puede ser, a veces, una buena compañía. Pero también puede convertirse en un muro que levantamos entre unos y otros. O entre nosotros mismos.

Laura Gutman

viernes, 16 de enero de 2009

Juguemos Juntos




Las personas grandes tenemos muchas cosas importantes que resolver. Y cuando se suma la obligación de criar y educar a los niños pequeños, la lista de prioridades y urgencias aumenta considerablemente. Nos preocupa especialmente el futuro de nuestros niños: decidir cuál es la mejor escuela, el mejor estudio de inglés, cómo lograr que sean educados y amables, cómo hallar soluciones para encarar el problema de los celos por el hermano menor, qué decisiones tomar para que no sufran a causa del divorcio de sus padres o qué médico consultar por las alergias reiteradas. En fin, que la vida se ha convertido en una maraña de preocupaciones, desde que la compartimos con nuestros hijos pequeños.
Son tantas las cuestiones que necesitamos solucionar, que incluso el ocio ha dejado de ser parte de nuestra vida cotidiana, sobre todo para las mujeres que además trabajamos fuera de casa. Ese pequeño espacio de diversión, de no hacer nada, de cantar o de dejar volar la imaginación, ha quedado relegado entre las múltiples tareas atrasadas. Sin embargo los niños -por suerte- aún logran conservar el juego como parte indispensable y constante de su desarrollo.
Los niños juegan todo el tiempo: Cuando comen, cuando caminan por la calle, cuando observan a los demás, cuando les decimos que tienen que ir a dormir, cuando nos llaman, cuando lloran, cuando están distraídos. Juegan aunque nosotros no nos demos cuenta de ello. Juegan a cada instante en medio de la interacción con la realidad, convirtiendo esa experiencia en múltiples posibilidades para atravesarla. Transforman de ese modo cada vivencia en muchas otras, indistintamente si son reales o imaginarias, ya que todas forman parte un momento único. Es posible que los adultos no tomemos en cuenta que ellos están dentro de un juego permanente y que desde ese lugar de creatividad y fantasía, nos invitan una y otra vez a acercarnos a ese mágico territorio de ensueños.
¿Por qué no aceptamos la invitación? Porque no nos resulta fácil. Los niños se mueven dentro de códigos que ya hemos olvidado o utilizando un lenguaje lúdico que tal vez ni siquiera hemos experimentado siendo niños. Jugar nos puede parecer extraño, misterioso o molesto. Y también podemos sentir que es una manera de perder el tiempo. En todo caso, jugar a la par de los niños pequeños, no es sencillo.
Vale la pena subrayar que a las madres no tan jóvenes, nos puede resultar aún más complejo entrar en la lógica infantil del juego. Y también constataremos -si nos observamos y observamos a nuestro alrededor- que habitualmente los varones participan en los juegos con mayor entrega y alegría que las mujeres. O sea que podríamos mirar a los varones -quienes con total despreocupación llegan a casa y se ponen a jugar- para aprender de ellos el manejo del ocio y la diversión.
¿Para qué sirve jugar con los hijos? Es la manera más directa de entrar en relación con ellos. Generalmente les pedimos que se adapten al mundo de los adultos, -cosa que hacen, por ejemplo, soportando largas jornadas escolares-. Jugar con ellos es hacer el camino inverso: nosotros nos adaptamos un rato al mundo de los niños. Parece ser un trato justo.
En ocasiones puede suceder todo lo contrario: que los niños hoy estén tan exhaustos de las obligaciones escolares, tengan tan poco tiempo libre y tan poca vitalidad para explorar el juego y la fantasía -refugiándose en la televisión o el ordenador- que posiblemente las personas grandes queramos ayudarlos y enseñarles a jugar. Lo cual no está nada mal. Siempre y cuando estemos dispuestos a permitirles desarrollar la inventiva y la ilusión, en lugar de imponer juegos reglados, difíciles de asumir, exigentes y donde el niño, una vez más, tiene que obedecer y en lo posible responder a nuestras expectativas. Jugar “bien” se parece demasiado a hacer la tarea de la escuela bien, portarse bien y ser un niño bueno. ¡Es decir que en ese caso ya no se trataría de jugar!
Sin embargo ¿las personas grandes somos capaces de jugar jugando? ¿Qué sucedería si nos dejamos llevar por la alegría y la improvisación, e imitamos lo que de alguna manera los niños proponen? Claro que la “lógica” del juego será diferente a la que estamos acostumbrados, y es posible que nos sintamos perdidos. El secreto para lograrlo será seguir a los niños, e ingresar tomados de la mano dentro de sus escondites preferidos. ¿Cómo saber si lo estamos haciendo bien? Sólo observando al niño. Constatando si está disfrutando o no. Si estamos intercambiando piedras de colores, o saltando uno sobre el otro, o jugando a las escondidas o repartiendo naipes…sabremos si es el juego adecuado en la medida que el niño esté fascinado. Ahora bien, si quienes estamos encantados con el juego somos nosotros, pero el niño está aburrido, nos hemos olvidado del niño real y estamos jugando con nuestro niño interno. Y eso, lo podemos hacer a solas.
Definitivamente, jugar es una cosa seria. Y algunos niños están dispuestos a enseñarnos las reglas.
Laura Gutman

domingo, 11 de enero de 2009

EL ROL DEL PADRE


Frente al agobio, la confusión y el cansancio que padecemos cuando tenemos hijos pequeños, las mujeres quisiéramos tener a mano una serie de “obligaciones” para endilgar al varón a quien percibimos más libre y autónomo y con una vida que no ha cambiado tan drásticamente como la nuestra. Somos las mujeres quienes necesitamos creer que un “buen padre” se ocupa de tal y cual manera de los hijos que tenemos en común. Pero cuando esto no ocurre, nos abruma el rencor y la desilusión.

Los “roles” que cada uno asume son hechos culturales. O personajes que repartimos entre todos para que una escena pueda ser representada. De modo que, cuando un niño “entra en escena” (o nace), se nos desacomodan todos los roles que teníamos asignados. Las mujeres nos encontramos en lugares que no habíamos dispuesto para nosotras mismas, nos sentimos afuera del mundo, solas, exageradamente demandadas, desgarradas entre permanecer en los lugares donde habíamos forjado nuestra identidad, o pendientes de las necesidades del niño pequeño. Frente a este panorama, observamos al varón que no está ni desgarrado, ni peleado entre nuevas y viejas identidades, ni malherido, ni agotado. Por lo tanto, nos resulta evidente que tendría que asumir parte de las tareas que por carácter transitivo de género, hemos asumido las que hemos devenido madres. Y ahí se ponen de manifiesto los desacuerdos ocultos de la pareja.

Pues bien. Sobre todo esto vale la pena conversar. Porque la presencia de un niño nos obliga a pensar cómo vivimos, qué esperamos unos de otros, qué organización familiar estamos dispuestos a construir y cuánta generosidad tenemos disponible. Por otra parte, los “roles” que asumamos, serán funcionales de acuerdo a si los hemos “planeado” juntos o no. Por ejemplo, si asumimos que la madre se hará cargo emocionalmente del niño, necesitará que “alguien” se haga cargo emocionalmente de ella. Y el varón que tiene al lado posiblemente sea el mejor postulante para ese ”rol”. En ese caso, no importa qué es lo que hace en función de su paternidad, no importa si baña al niño o si se despierta por las noches para calmarlo. Porque “es” padre en la medida en que sostiene emocionalmente a la madre para que ésta tenga fuerzas afectivas suficientes para acunar al niño. En cambio, si la madre no tiene disponibilidad emocional para el niño, o no tiene posibilidades de permanecer a su lado porque la economía familiar depende de ella; posiblemente haya un varón más “cariñoso” y en apariencia “buen padre” que se ocupa del hijo. Sin embargo, de un modo poco visible está obligando a su mujer a abandonar su despliegue maternante y desviando su preocupación hacia la adquisición del alimento. En estos casos, el varón no posibilita ni facilita una permanencia suave y dedicada de la madre hacia su hijo. Y este no es un dato menor, aunque las mujeres modernas creamos que la igualdad de derechos se basa en que tanto las mujeres como los varones asumamos indistintamente la crianza de los niños; desde el punto de vista del niño, no es lo mismo recibir cuidados maternantes femeninos que cuidados paternantes masculinos. Y eso que ni siquiera estamos hablando de lactancia, hecho que requiere una permanencia y disponibilidad irremplazables por parte de la madre.

Lo ideal sería que los “roles” estén todos asignados para jugar el juego de la familia. La mayoría de las veces, esto no ocurre. Hay un rol que pocas veces asumimos, seamos mujeres o varones. Es el rol de quien se despoja de sus propias necesidades a favor de las necesidades básicas, impostergables, urgentes e irremplazables de los niños pequeños. Cuando desestimamos los tiempos lentos de los niños, la necesidad de contacto, de brazos, de presencia física y de escucha genuina; nadie asume su rol.
Hablar de lo que le toca hacer al padre o de lo que corresponde hacer a la madre nos coloca en la lucha interminable por quien logra resguardarse más a sí mismo. Es verdad que nos faltan jugadores para la escena familiar. En la mayoría de los casos nos hemos quedado sin familia extendida, sin barrio, sin aldea, sin mujeres experimentadas ni grupos de pares para hacernos cargo mancomunadamente de los niños pequeños. Estamos todos muy solos y exigidos. En ese sentido, los varones que desean ser “buenos padres” tampoco logran responder a las expectativas. Fallan. Están cansados. Reciben palabras de desprecio. Se sienten poco valiosos. Escasamente potentes. Y se supone que deberían hacer lo que no hacen, es decir, llegar temprano a casa, hacerse cargo del niño, calmarlo, jugar con él, ser paciente.

Pensar el rol del padre dentro de la familia moderna tiene que coincidir con un pensamiento más generalizado sobre cómo vivimos todos nosotros, cómo y dónde trabajamos, cómo circula el dinero, quién administra, cómo nos manejamos respecto al poder dentro de las relaciones, cómo circula el amor y el diálogo dentro de la pareja y sobre todo qué importancia le asignamos a la libertad y a la autonomía personales. Porque es importante tener en cuenta que si estamos apegados a la propia autonomía, el niño no logrará recibir lo que necesita. Y si recibe el tiempo y la dedicación, será en detrimento de la libertad de la madre. Y desde ese lugar de pérdida de libertad, las mujeres nos ponemos exigentes con los varones, queriendo definir claramente qué roles deberían asumir. Con lo cual, estamos todos enfadados unos con otros. Por eso, el tema no pasa por luchar para determinar quién pierde más libertad, asignando deberes a diestra y siniestra, sino por revisar qué capacidad de entrega tenemos unos y otros. La maternidad y la paternidad no se llevan bien con la autonomía y la libertad personal. Tenemos que estar dispuestos a perderlas, si nos interesa el confort de los niños pequeños. Y en este punto, es lo mismo ser varones o mujeres.

Tal vez sea tiempo de mirarnos honestamente y reconocer qué es lo que cada uno de nosotros está dispuesto a dar. Comprometernos a eso y no más. Aceptar nuestras limitaciones y darnos cuenta que nos complementamos. Que hay algo que el otro ofrece que uno mismo no sería capaz. Y que si no da “todo” lo que quisiéramos, no lo coloca en un lugar donde “no da nada” sino que “da algo diferente”. De ese modo pierden sentido todas las discusiones sobre los roles adecuados, lo que se debe o no se debe hacer frente a algo tan difícil como criar niños pequeños.


Laura Gutman

sábado, 10 de enero de 2009

MUERTE EN LA CUNA

Cuando se desparrama la noticia por la “muerte súbita” de un bebé, el miedo a lo impredecible y la falsa aseveración de que esa posibilidad es “aleatoria” -es decir que le puede ocurrir a nuestro bebe en cualquier momento- se apodera de nosotros, con la idea fortuita de que dependerá de la buena o la mala suerte que tengamos.
Sin embargo las cosas no son así. La “muerte súbita” está mal nombrada. Tendríamos que llamarla “muerte en la cuna”. Para ser más exactos, habría que denominarla: “muerte en la cuna mientras está solo.”. No hay bebes sanos que mueran súbitamente en brazos de una persona maternante. Discutir si es mejor hacerlos dormir boca arriba o boca abajo, refleja la espantosa ignorancia que los occidentales compartimos sobre el universo de los bebes. Lo único a investigar es si los bebes duermen solos o si duermen en contacto completo y absoluto con otro cuerpo humano.
Toda cría de mamífero de cualquier especie sabe que no puede ni debe estar sola, porque queda expuesta a los depredadores. El bebe humano sabe exactamente lo mismo, por eso usa sus dos principales herramientas para su supervivencia: el llanto y la succión. Ahora bien, si después de llorar y llorar y llorar, ningún adulto acude a salvarlo...porque “tiene que acostumbrarse a dormir solo”, aparecerá la resignación y la dolorosa certeza de saber que está solo en este mundo. Luego, en su afán por ser amado, reclamará presencia y contacto corporal de múltiples maneras: enfermándose, llorando en momentos inadecuados, lastimándose, no aumentando de peso, deprimiéndose…hasta que una noche…en medio de un profundo silencio, decide no despertar más.
¿Y qué hacemos los hombres y las mujeres decentes y bien pensantes? Le decimos a la mamá que vuelva a trabajar pronto, que sea fuerte, que no afloje, que no se rinda, que la queremos, que sea valiente, que se ocupe de sí misma, que tenga garra, que luche, que siga adelante.
Mientras expulsemos a todas las madres del recogimiento y el silencio de la maternidad y mientras sólo las reconozcamos en los ámbitos públicos o exitosos, seguiremos siendo todos responsables por cada bebe que decide partir, harto de soledad, quietud y frío.

Laura Gutman